Eres como la música.

¿Alguna vez te han dicho que eres como la música?
Su voz, la que me tranquiliza.
La única que hace que me relaje y me sienta bien.
Cuando se mueve y me toca parece que esta bailando un vals y hace que me hierva la piel.
Él, es como la música.

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Amor, amor, amor.

¿Para que sirve ello? absolutamente nada.
Aún así sentimos y nos dejamos sentir, agudizamos sentidos y armonizamos con la otra persona. Amor, amor, amor, te ciega, te enreda, te envenena y se convierte en lo más importante.
El amor verdadero cuando es bien dado y verdadero sabe como un buen café junto a una tarta de chocolate.
Se disfruta, se divierte, se recuerda.
Lo llevas en el alma, en la mente y en el corazón.
El amor no engaña, no pone pegas, no pelea y sobretodo no enferma, ni duele.
Si es así, no es amor, no es puro amor.
Solo dolor de cabeza.
El amor me enseñó a amar, a querer, a cuidar, a no dejar perder a una persona tan fácilmente.
El amor me enseñó a luchar hasta que no quedaran fuerzas, y cuando ya pienses que has hecho todo lo posible, seguir un poco más.
Quizás sea la persona que menos se rinda en el Mundo.
Quizás sea una ilógica que alguien que ya no siente ningún tipo de amor, escriba sobre él.
Pero al sentirlo, lo sabes.
Tú, él, y todo el planeta.
Y al sentirlo ya debes decir «jamás te dejaré escapar»
porque prometo, que el amor es la sensación de paz más divina del planeta.
Tal vez sea fugaz, que solo dura unos instantes.
Pero lo que sientes, es tan bonito, que vale la pena.
Luego, que te destrocen. Que arranquen cada pedazo de tu alma y te puedes sentir mal.
Pero, quédate con lo bueno, con lo que no debes olvidar.
Y eso eres tú siendo feliz.
Nada más.
La mayoría de las veces cuando echamos a alguien solo echamos de menos como éramos de felices cuando ese alguien estaba ahí.
Por eso, sé feliz.
Con, sin, amor.
Porque te echas de menos.
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Paris no, nosotros.

Era sábado y llovió más que nunca sobre mis recuerdos.
Se mojaron todos.
Mi parte favorita de la historia fue cuando me escribes en los muslos, ese texto a base de mordiscos que soy la única ciudad a la que acudirías a drogarte y no hablas sobre valentía si no que la tienes en todos tus formatos. Llevo tres días habitándote y te niegas a echarme porque dices que soy la única inquilina a la que le arde la piel con un beso.
Llevas tres días habitándome y me niego a echarte porque eres el único inquilino que no apaga mi fuego.
La felicidad llamó y yo no estaba en casa, a ti se te olvidó darme su mensaje y al final acabamos abrazándonos a los huesos del otro.
La felicidad llamó y yo no estaba en casa, a ti se te olvidó darme su mensaje y al final acabamos abrazándonos a los huesos del otro. He oído que esto no es amor, pero yo sigo encontrándome ganas de todos los días donde antes no estaban, donde antes no estabas.

“¿Volamos?” preguntas, como si de verdad pretendieras hacerlo. “Ahí arriba no sé, pero aquí dentro sí que has volado unas cuantas cosas” te indico, señalándome las coordenadas del lado oeste de mi cuerpo. “Lo pretendía” afirmas, sonríes, te ríes, y todas mis lunas se alinean y hasta los cementerios están llenos de vida ahora. De vidas que buscan y no encuentran, pero tienen más paz que todos nosotros.

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Maldita dulzura no, locura la tuya. Dicen que París; yo digo que solo a ti y tú a mí, entre mis piernas, entre mis recuerdos.

Porque esto es lo que ha quedado de todo aquello que se mojó.

Ángel.

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Voy a comprarme una máscara, la más cara de todas y en ella pintada una sonrisa, la más alegre y fría, esa será la mía, voy a encadenar mis sentimientos y lanzarlos a lo más profundo del mar, voy a hacerme gaviota y a aprender a volar.
Quiero aprender a ser feliz, aprender a ser valiente, un titán de los más grandes y jodidos de la serie. Quiero ser un Hulk que aprende a ser fiera y lo destroza todo y es que a veces el caos es mi único amigo.
Y que llegue un día de esos que suelen ser tristes y llegues tú y me desencadenes, que me quemes los demonios y los eches.
Llegue el día en el que todo cambió, yo ya no soy yo, yo no me conozco y el caos se va desgastando.
Le gritas que se vaya y él desiste.
Pasa el viento y no te vas, no me destrozas, no eres huracán, más bien eres marea que me tranquiliza con su balanceo, olas que vienen y van.
¿Y sabes?, me encanta. Me encanta de que te vistes, rosa de invierno.
Yo que era caos he conocido a un ángel y ahora me aferro a su compañía, que maldita es la vida.

Tu orilla.

A veces tú,
a versos yo
y a catástrofes nosotros.
Las personas vienen y van
y a veces dejan de ir y venir y simplemente se marchan.
Tú te subiste a lo más alto de mis costillas, e hiciste de mi tripa tu reino, con capital en mis labios;
cuatrocientos veintiún movimientos después sigues aquí.
Somos la excusa más barata de ausencia y eso que todavía no nos hemos dado cuenta de todo lo que nos falta,
pero si nos hemos dado bruces
y también nos hemos dado secas
tanto que mis estaciones olvidan paso sin ti.
He jugado mis esperanzas a todo o nada,
pero no he ganado ni perdido;
me he quedado con las cartas en la mano y muchas ganas de bucear en tu orilla,
porque es verdad hace falta valor para tirarse de cabeza donde no cubre,
y yo soy muy poco cobarde
y muy poco valiente
como para ello.
Nos matamos un rato
pero nos queremos en la siguiente vuelta de reloj,
y ya no sé quien dicta el compás de mis propios pensamientos.
Porque él ser y no ser cansa, pero lo que no agota no mata, y lo mejor de esto eres tú, tu orilla, tus más y tus menos.

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La dama.

Voy a vestirme con un largo vestido,
voy a dejar caer la cola,
voy a coger unos bonitos pendientes de diamentes, y voy a salir a por todas.
Voy a cada paso a dejar caer mis caderas, como huella de que ando sola, voy mover los hombros marcando pecho, voy a salir a por todas.
Voy a vestir a mis labios de rojo, voy a ponerme un caro perfume que inunde la sala, el alguna ocasión dejaré caer mi bolso, para que me lo recoja algún galán.
Y empecemos con una conversación de disculpas y invítame a otra más, discutamos sobre cual de los dos nos gusta más, dirijámonos a un lugar más al resguardado.
Que caiga la lluvía, yo hoy voy a dar que hablar. No se andar con medias tintas, no sé decirle que no al diablo.
Me he besado con leones, leones que luego me han desgarrado.
Pero sigo siendo una dama, la que no se junta con vagabundos sueltos.

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El padre nuestro de una atea.

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Padre nuestro, si de verdad estás en los cielos
baja y ayúdame
que he quedado muda, sorda y ciega de tanto echarle de menos.

Hágase tu voluntad en las oraciones que nunca te pedí, que nunca te pido
y en todas las heridas que no se cierran ni con agujas de reloj.

Dame hoy, mañana y siempre
las palabras que necesito para no convertirme en el ancla de mí misma,
atracando en mi puerto
y robando todos mis barcos de esperanza.

Perdona mis faltas,
las explicaciones que nunca debí haber pedido
y todas las mentiras que, en un estúpido intento de ser la heroína de esta historia, acabé usando contra mí;
como también perdonas que ni siquiera crea en tu existencia,
pero aun así siga pidiéndote todos los favores que no puedo pedirme,
porque mi orgullo dijo basta, cerró la puerta
y me dio con ella en las narices.

No me dejes caer
no me dejes caerme
no me dejes caer en la tentación de volver a hundirme en sus labios como si mi boca no conociese océano más profundo,
aunque sabes que seguiré haciéndolo mientras el sol siga saliendo por su este y mi polo norte aun no se haya fundido.

Líbrame del mal que puedo ocasionarme
si sigo dejando un trozo de mí en cada persona.

Amén.

«Definitivamente vas a romperme», – afirmé, «y voy a dejarte hacerlo»
«No me interesan las piezas rotas», dijiste, y desde ese día sigo entera.
Por ti,
y por todas tus consecuencias.

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Dicen.

Dicen que solo escribo sobre cosas tristes, cosas amargas, dicen que suelo estar siempre despistada, que no debo llevar esos zapatos altos, ni esas faldas o pantalones hasta el cuello, dicen que despisto, que un dia estoy feliz y al segundo estoy acabada. Dicen que suelo decir que me siento enamorada, enamorada de ti, de la vida, del mundo, enamorada de todo. Dicen que la poesía me alimenta, como le alimenta a un niño el bocadillo recién hecho de su madre en la hora del patio, dicen que valgo más mintiendo que siendo yo misma, porque yo misma soy una triste, un mar de dudas entre vodka y canciones de rock, libros de amor, esa soy yo, puras moñerias. Dicen que si tiras purpurina por un puente, y gritas a todo pulmón, “Te amo” aparezco, y quiero un abrazo, luego verás que la purpurina no se te quita de las manos en unos días, tampoco sabrás como ha llegado a tu pelo, o a tu cara.
Pero así de espléndida es la vida, y no es ironía. Es que me encanta. O eso dicen. Dicen que hasta los dieciocho, no puedo tener libertad, pero en realidad vivo bien, aunque no exactamente como yo quisiera de todas las maneras. Para ser perfecto, tendría que conseguir lo primordial, lo que yo de verdad deseo, por lo que lucho en verdad y espero. Pero eso me lo guardo, eso no lo dicen, eso es un secreto.

Septiembre.

El cielo se vistió de gris, al igual que sus ojos, la lluvia inundó su pelo, ese pelo negro como la ceniza de uno de sus cigarros, la pena le había mordido el cuello, el veneno le traspasaba la piel, será el tiempo, quizá porque ya no hay atardeceres. Sus ojos como el café, amargo, aquella era una rosa, una rosa roja, que solía brillar, aún me quedo paralizada al recordar todo lo que pasó aquella bonita flor, por esas tormentas y ya no sale el sol, ya no suele brillar pero no se marchita, ella dura como una piedra, es fuerte como la arma más poderosa que creó el ser humano, pero no es capaz de levantarse, ella no puede cambiar de rumbo, porque estaba enamorada de aquella oscuridad, quizás.
Una rosa, enamorada de un desastre, de una tormenta. Estaba loca.
Estoy segura de que estaba loca.
Pero era tan hermosa, que cualquier locura la hacía poesía, y sobre poesía amor.
Oh, rosa que no marchita,
rosa que ama la lluvia y las tormentas,
tú que estabas loca,
tú que estabas contenta.
Atardeceres en puertos lejanos,
Atardeceres de mares y mareas,
tú que solías ver el sol,
tú que estabas contenta.
Ya no lloras mi querida rosa,
ya no te pones triste,
te sumergiste en la pena y te acostumbraste a la tristeza.
Oh, rosa que no marchita,
rosa que ama la lluvia y las tormentas.