Del latín: poesis.

Ya no hay flores
ni poetas
porque no hay poesía.

Porque la poesía se vistió de rojo y se fue, cansada de estar en boca de todos los que no sabían decir nada.
Porque la poesía se subió en el primer tren, del primer horario, de la primera mañana en la que decidió que solo el viento le levantaría la falda para convertirla en metáfora.
Porque la poesía dejó de tomar café frío a las seis de la mañana junto a una espesura de pensamientos sin ordenar, para salir a medianoche y sentir la boca de otro entre sus piernas.

Porque la poesía quiso.
Porque la poesía pudo.
Porque la poesía lo hizo.

Porque la poesía se desenredó el cabello lleno de sueños y se los ató al cuello, para que apretasen tanto que tuviese que cumplirlos todos.
Porque la poesía sumó dos más dos y decidió que no serían cuatro, sino todas las sonrisas en días impares que quisiera.
Porque la poesía aprendió a no hundirse en su cambio de marea y descubrió que no necesariamente es muerte cuando el corazón se para; a veces solo hacen falta un par de palabras de despedida.

Y la poesía quiso.
Y la poesía pudo.
Y la poesía lo hizo.

Y la poesía se convirtió en esa fiera que enseña los dientes solo para no morderse a sí misma.

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