Paris no, nosotros.

Era sábado y llovió más que nunca sobre mis recuerdos.
Se mojaron todos.
Mi parte favorita de la historia fue cuando me escribes en los muslos, ese texto a base de mordiscos que soy la única ciudad a la que acudirías a drogarte y no hablas sobre valentía si no que la tienes en todos tus formatos. Llevo tres días habitándote y te niegas a echarme porque dices que soy la única inquilina a la que le arde la piel con un beso.
Llevas tres días habitándome y me niego a echarte porque eres el único inquilino que no apaga mi fuego.
La felicidad llamó y yo no estaba en casa, a ti se te olvidó darme su mensaje y al final acabamos abrazándonos a los huesos del otro.
La felicidad llamó y yo no estaba en casa, a ti se te olvidó darme su mensaje y al final acabamos abrazándonos a los huesos del otro. He oído que esto no es amor, pero yo sigo encontrándome ganas de todos los días donde antes no estaban, donde antes no estabas.

“¿Volamos?” preguntas, como si de verdad pretendieras hacerlo. “Ahí arriba no sé, pero aquí dentro sí que has volado unas cuantas cosas” te indico, señalándome las coordenadas del lado oeste de mi cuerpo. “Lo pretendía” afirmas, sonríes, te ríes, y todas mis lunas se alinean y hasta los cementerios están llenos de vida ahora. De vidas que buscan y no encuentran, pero tienen más paz que todos nosotros.

IMG_2354.JPG

Maldita dulzura no, locura la tuya. Dicen que París; yo digo que solo a ti y tú a mí, entre mis piernas, entre mis recuerdos.

Porque esto es lo que ha quedado de todo aquello que se mojó.

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