Septiembre.

El cielo se vistió de gris, al igual que sus ojos, la lluvia inundó su pelo, ese pelo negro como la ceniza de uno de sus cigarros, la pena le había mordido el cuello, el veneno le traspasaba la piel, será el tiempo, quizá porque ya no hay atardeceres. Sus ojos como el café, amargo, aquella era una rosa, una rosa roja, que solía brillar, aún me quedo paralizada al recordar todo lo que pasó aquella bonita flor, por esas tormentas y ya no sale el sol, ya no suele brillar pero no se marchita, ella dura como una piedra, es fuerte como la arma más poderosa que creó el ser humano, pero no es capaz de levantarse, ella no puede cambiar de rumbo, porque estaba enamorada de aquella oscuridad, quizás.
Una rosa, enamorada de un desastre, de una tormenta. Estaba loca.
Estoy segura de que estaba loca.
Pero era tan hermosa, que cualquier locura la hacía poesía, y sobre poesía amor.
Oh, rosa que no marchita,
rosa que ama la lluvia y las tormentas,
tú que estabas loca,
tú que estabas contenta.
Atardeceres en puertos lejanos,
Atardeceres de mares y mareas,
tú que solías ver el sol,
tú que estabas contenta.
Ya no lloras mi querida rosa,
ya no te pones triste,
te sumergiste en la pena y te acostumbraste a la tristeza.
Oh, rosa que no marchita,
rosa que ama la lluvia y las tormentas.

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