El padre nuestro de una atea.

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Padre nuestro, si de verdad estás en los cielos
baja y ayúdame
que he quedado muda, sorda y ciega de tanto echarle de menos.

Hágase tu voluntad en las oraciones que nunca te pedí, que nunca te pido
y en todas las heridas que no se cierran ni con agujas de reloj.

Dame hoy, mañana y siempre
las palabras que necesito para no convertirme en el ancla de mí misma,
atracando en mi puerto
y robando todos mis barcos de esperanza.

Perdona mis faltas,
las explicaciones que nunca debí haber pedido
y todas las mentiras que, en un estúpido intento de ser la heroína de esta historia, acabé usando contra mí;
como también perdonas que ni siquiera crea en tu existencia,
pero aun así siga pidiéndote todos los favores que no puedo pedirme,
porque mi orgullo dijo basta, cerró la puerta
y me dio con ella en las narices.

No me dejes caer
no me dejes caerme
no me dejes caer en la tentación de volver a hundirme en sus labios como si mi boca no conociese océano más profundo,
aunque sabes que seguiré haciéndolo mientras el sol siga saliendo por su este y mi polo norte aun no se haya fundido.

Líbrame del mal que puedo ocasionarme
si sigo dejando un trozo de mí en cada persona.

Amén.

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