Hace frío. Y el frío es motivo suficiente para que nieve. Y tú estarás en algún baile de palacio hortera, cubierta de cristal, jugando con muñecas articuladas de plástico. Enamorada de la niña que tarareaba Extremoduro en el patio de su celda de monjas. Callada, como una puta sin valor. Recuerda, a mí no me queda mucho que olvidar. Nieva. Y las ventanas me convocan al encuentro con el paisaje. Y la ciudad parece cubierta de nata. Tengo hambre. Y el hambre es motivo suficiente para comerme la noche. Porque todavía no estoy muerta. Y la vida no es un motivo suficiente, pero tú, ignorante, tú tampoco supiste serlo.

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“Sé que posiblemente yo no sea la mejor historia que hayas leído en tu vida (ni siquiera impresa estoy en el mejor papel ni con la mejor tinta), sé que tengo vacíos temporales y que mi sintaxis falla en la mayoría de las vivencias que juro haber sufrido pero, amor, te prometo haberme escrito para quererte.”

Sobre deidades y botellas vacías.

Flores rojas, muertas.

Fui Medusa y me petrificaste. Nos teñimos de amanecer y jugamos a escondernos en las cornisas del otro. Nunca supe amar, pero tú me enseñaste a color los labios de la forma en la que se enseña a una bailarina a hacer un plié. Decías que me encontrabas en la primera nota de cada partitura. De cada canción de noche borracha. En la primera nota de miedo de cada pesadilla. En el primer sorbo de cada copa de vino.

Ensuciaste todo en forma de mordisco. Y bendito caos. Perdí la calma y nunca más quise volver a encontrarla. Fui Helios y me robaste el sol: Andrómeda, y si hubieses sido el monstruo, no habría querido que ningún Perseo me salvase. Fui reina de ruinas, de reyes destronados por ellos mismos, a ciegas del mundo, sin almas.

Yo sucedía en carrusel y a ti te gustaba observar las luces. Te gustaba observar desde fuera para luego saber cómo derruir el interior. Cierta vez susurraste “Déjame entrar en tu habitación” y, al conducirte hacia mi casa, volviste a susurrar “No era eso a lo que me refería”. Aun así, no sé por qué lo pediste. No te hicieron falta llaves para entrar donde yo me escondía. No te hicieron falta llaves para nada. Ni siquiera llamar a la puerta.

Siempre he sido un libro abierto para ti, ¿no es así? Un libro abierto por la página que querías. Porque nunca supe contenerme. Nunca supe encerrarme entre todas las paredes que hicieron falta.

Nunca supe. Y no sé.

Y seguiré sin saber mientras permanezcas a mi lado.

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if i’m not leaving you, why are you leaving me?

Ya sabes que nunca me gustó mojarme la ropa,
ni los sueños,
ni la punta de los zapatos.

Ya sabes que nunca me gustó ahogarme sin anestesia,
anestesia para esta sinestesia,
sinestesia de ti.

Ya sabes que nunca me gustaron los martes porque tenía clases de matemáticas por las tardes,
y se restaba una hora para hablar contigo,
por eso no me gustaban las matemáticas.

Ya sabes que nunca me sudaban las manos de los nervios.
A mí, directamente.
repentinamente,
en mi mente,
se me iba el corazón a la garganta y gritaba que alguien lo dejase salir de esa jaula.

Tengo un nudo en la garganta que me impide tragar todos los antinflamatorios que necesito para soportarme en dolor de cabeza.
Cuando era pequeña, mi padre solía decirme que si una postilla me picaba, era que se estaba curando.
Ahora, cada vez que necesito rascarme donde me han hecho daño, sonrío.

Vuelve a poner tus manos en mis medias.
Tira, desgarra,
necesito un cambio de velocidad y yo sola no puedo mover las manecillas.

He dejado de ser anímica pero sigo usando la misma frase de siempre:

if i’m not leaving you,
why are you leaving me?

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Del latín: poesis.

Ya no hay flores
ni poetas
porque no hay poesía.

Porque la poesía se vistió de rojo y se fue, cansada de estar en boca de todos los que no sabían decir nada.
Porque la poesía se subió en el primer tren, del primer horario, de la primera mañana en la que decidió que solo el viento le levantaría la falda para convertirla en metáfora.
Porque la poesía dejó de tomar café frío a las seis de la mañana junto a una espesura de pensamientos sin ordenar, para salir a medianoche y sentir la boca de otro entre sus piernas.

Porque la poesía quiso.
Porque la poesía pudo.
Porque la poesía lo hizo.

Porque la poesía se desenredó el cabello lleno de sueños y se los ató al cuello, para que apretasen tanto que tuviese que cumplirlos todos.
Porque la poesía sumó dos más dos y decidió que no serían cuatro, sino todas las sonrisas en días impares que quisiera.
Porque la poesía aprendió a no hundirse en su cambio de marea y descubrió que no necesariamente es muerte cuando el corazón se para; a veces solo hacen falta un par de palabras de despedida.

Y la poesía quiso.
Y la poesía pudo.
Y la poesía lo hizo.

Y la poesía se convirtió en esa fiera que enseña los dientes solo para no morderse a sí misma.

Dos extraños en pieles continuas.

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Aquel viernes no fumó.
No fumó porque se vería con él, y a él no le gustaba el sabor del tabaco. Tampoco le gustaba el tabaco, en general, porque había vivido durante dieciocho años entre cuatro paredes llenas de malos humos. Ella también vivía entre malos humos. Los suyos eran diferentes.

Por eso, aquel viernes no fumó y se metió dos chicles de limón en la boca. A Ella no le gustaban los de fresa, ni los de menta, ni la poesía que se basaba en quejarse de un corazón roto al que podía dársele cuerda nuevamente -porque sí, a todos y cada uno de ellos se les podía dar cuerda, pero a veces el miedo coge la llave y se la traga-, ni los atardeceres sin el mar de fondo, eco de su propio corazón. Le gustaban los de limón, los versos de la “Tabaquería” de Pessoa y sentir el agua buscando huecos entre sus costillas para formar una catarata de decepciones.

A Él le gustaba sumar números de ocho en ocho, de la misma manera en la que sumaba los lunares de la espalda de Ella para formar constelaciones, que siempre llamaba con nombres de quimera. Los días de lluvia y el café frío. Doblar las páginas de los libros allí donde le recordaban a cuánto se había convertido en huracán. Provocarle un orgasmo, para luego saberse triste perdedor al no ser el único del que había gemido el nombre.

Ella tenía insomnio. Él, libros de psicoanálisis sobre la mesilla de noche. La mente de Él era un mapa. La de Ella, un campo de minas.

Se destrozaban lentamente porque habían renegado de sí mismos con la conciencia de quien sabe que ha perdido. Se creyeron invencibles y acabaron con el puño en la boca, pugnando por ser el arma que acabase con sus ilusiones; saltaron desde lo más alto y se estrellaron de frente contra los ojos del otro, cada cual más caos en su propia realidad.
Por eso cuando se encontraron sintieron que debían salvarse, como si aquello fuera una competición para ver quién sacaba antes a su reflejo del espejo.

Aquel viernes hacía tanto calor que Ella tuvo que ponerse un vestido y enseñar sus piernas llenas de moratones. Él llevaba una camisa blanca. Le miró las piernas y le dijo que seguían siendo las más bonitas, que era estúpida por no enseñarlas más a menudo. Ella le miró y susurró que era estúpido por no enseñar el corazón más a menudo, a lo que Él respondió: “solo tú tienes el privilegio de destrozármelo.”

“Noches de olvido”

en las que me toca olvidarte,

olvidar tus labios cuando me rozaban la piel, olvidar cada te amo erróneo, cada mirada la cual no hacia falta palabras para expresar sentimientos
me toca olvidar lugares a los que fuimos, me toca olvidar las yemas de tus dedos, rozándome.
Me toca olvidarme, olvidarnos.
Me toca perderme y volverme a encontrar de nuevo.
Me toca olvidar cada suspiro y respiración que lanzabas al aire,
cada huella que dejabas en la arena, a cada paso.
Me toca olvidar tus mejillas, sonriéndome, por el simple hecho de estar aquí.
Me toca olvidar tus lunares, cada hermosa constelación que formaban.
Me toca olvidar los hechos, que han hecho que sea feliz.
Me toca esconderme por el campo comenzó a batallar.
Me toca ser fuerte y saber que nunca volverás.
Me tragarme cada lágrima, cada gana que tenga de volver junto a ti, de hacer todo lo posible por volverlo a intentar.
Y esta el ciego que no, el sordo que no escucha, y estoy yo, que no siento.
Que me quedé en blanco, en shock y sigo en ese estado durante 500 días, que son los que trataré de olvidarte.
Alcohol, sexo y música.
Si fallo, ya sabéis que he muerto.

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Enamorada de ti.

¡Estoy enamorada de la vida!,

me enamora cuando el viento sopla y ondea banderas, mueve olas de mar.

Me enamora cuando llueve, y se escucha cada gota caer al suelo como lágrima a mejilla.

Me enamoran los atardereces, con sus bellos colores, cuando el Sol se sonroja al verte y se esconde.

Me enamora la vida porque estás tú.

Con tu sonrisa pícara, tu cara de bueno, tus pecas, adoro tus pecas, tus labios, cuando me dicen «te quiero».

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Máscara.

Me gusta más con maquillaje, cuando mis labios rozan el carmín y esconden las sequías de estos, cuando mis ojos tocan el maquillaje y esconden las tras noches expuestas a los pensamientos y vueltas en cama, cuando me escondo detrás de una simple raya, cuando escondo mi rostro blanquecino detrás de una fila de colores para mis mofletes, así no pueden saber cuando me ruborizo por sus palabras o por sus finos gestos.
Me gusta más con maquillaje, cuando me puedo esconder detrás de una fina capa.

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